Amasar la palabra

Me encanta el rito de escribir para lo oral, convertir mis sentimientos, mi cuerpo todo en palabras que se plasman en una pantalla, y luego, se imprimen en el papel y se alistan, para que yo las lea en el momento oportuno, una y mil veces.

Me fascina este oficio íntimo de palabrero, de palabreador, de hurgador del idioma, de amasar el lenguaje como el pan, y hornear con la oratoria mi corazón, juntándolo al latido de otros corazones que se asoman a mi consciencia con su propia consciencia, gracias al puente que nos tiende el idioma y la porosidad de los silencios, y de las entrelineas que nos permiten sospechar toda la vida en común, o lo común de ser un mismo rayo, con su energía en fuga y trascurriendo, en permanente mutación y ebullición.

Ser materia que se piensa y comentarlo al otro con la palabra intensa, la jugosa palabra disfrutada, compartida en la llama que incendia las neuronas y avecina; o por el contrario, aleja en confusiones estériles; pero si une es todo un baile apretadito y pariente, aquietador de desazones, alquimista que sutiliza lo grosero, que abre brecha hacia la levedad y lo profundo, dando paso a la magia y sus hechizos, al simple vuelo del gerundio en armonía y unidad, que eterniza aquí en lo efímero.

Es entonces cuando uno siente que la palabra se torna redentora y pariente. Porque la palabra cuando cala en lo vital enhebra el universo y lo engrandece, se nutre del silencio y se hace poesía, da valor a los cuerpos con su verbo, y construye lo sublime de estar siendo.

La palabra nos permite la memoria, atravesar los siglos, avanzar en el tiempo, permanecer en la herencia de hombres y mujeres, hacer una sociedad con los poetas muertos, revisar hacia atrás con ojos de futuro, pisar este presente con el idioma al hombro, enfrentar el aturdimiento de las horas que corren, apostar a los grillos y a la bruma, escuchar el adentro, el corazón de nuestros huesos, procesar los sentidos y los sentimientos, elaborar nuestras propias vísceras, enarbolar la piel e intentar un camino con lo humano -silaba a silaba- hasta lograr desnudarnos -nuevamente desnudarnos- y volver otra vez a caminar la vida, con apenas lo puesto.

Por eso es que yo amo este rito de parirme en palabras, como un juego, buscando en la tutela de la lengua no morirme en el frío, ni caer al abismo de lo sórdido. Sospecharme en lo otro, en los otros, inventarme un espejo que me devuelva el rostro, que no me enturbie el ánimo, que dibuje una senda con mi sombra en el piso, que rescate mi asombro, que no me torne gota fundida en el océano, que me insinúe el mar como un inmenso hermano recurrente y me convierta en copla pariente de los vientos, en oreja para sentir la boca, en útero y cintura.

Si, La palabra me invita a encontrar un punto en la fuga del día, a desear en la cama envolverme en tu cuerpo, en saber que mis ojos se miran en tus ojos, y que con la retina miramos el camino, con un hueso preñado, con un tozudo abrazo en la valija y la simple intención de abrir la madrugada por la puerta del día que toca transitarnos.

Por eso desde un viejo poema yo:

ASUMO LA PALABRA

Asumo la palabra,

la sien, el semen,
el tuétano y los huesos.

Desbarato la pólvora y el plomo,
desactivo misiles y somníferos.

Enarbolo mi anhelo,
pronostico quimeras,
utopías con silbos y relinchos.

Apago los satélites,
la rotativa atroz de las mentiras
y te disparo un beso a plena boca.

Incendio la fogata y las macumbas,
el trabajo del surco y los abrazos,
la piel, la desnudez,
el fuego vivo,

el día que nos toca,
el efímero gesto
y los abrigos.

Domestico tus miedos y los míos
y conjuro lo mórbido
-la putrefacta insidia-

hasta matar de vuelta
al asesino tácito
que llevamos por dentro.

(c) Luciano Ortega

*Este artículo en 1998 se publicó ese mismo año en la revista ACCESO en la provincia de Mendoza. Argentina. .

El dibujo que también complementó la nota en la revista pertenece a Pelusa Oliveras

Ilustración de Pelusa Oliveras

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