Poeta a contramano

Ese poeta estaba a contramano del beso, 
le dolía la palabra como hueso astillado;

sin embargo 
insistía azorado y humoso
en el abismo mismo de su noche presente.

Le dolía el silencio y su pregunta herida,
destemplada,
le dolía el alma y la costilla,
le dolía el segundo como copa sin vino;

quizás por eso el tango entre sus ojos,
su aliento desterrado
y ese arañado gesto en el espejo.

Como aprendiz de la sospecha,
aquel poeta se paraba en la orilla de su orilla,
se dejaba abordar por la vida hasta el incendio

y trémulo como gallito ciego
se hundía en el colchón
o salía a la existencia en dos zapatos,
tan descalzo como el día que acuchillaba el tiempo
y que aun lo dejaba respirarse en la extrañeza
y el asombro de la bruma
que fuma, fuma y fuma,
como en los versos de Carriego.

(c) Luciano Orteca, 11 de noviembre de 2012

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