Poeta a contramano

Ese poeta estaba a contramano del beso, 
le dolía la palabra como hueso astillado;

sin embargo 
insistía azorado y humoso 
en el abismo mismo de su noche presente. 

Le dolía el silencio y su pregunta herida,
destemplada, 
le dolía el alma y la costilla, 
le dolía el segundo como copa sin vino;

quizás por eso el tango entre sus ojos, 
su aliento desterrado 
y ese arañado gesto en el espejo.

Como aprendiz de la sospecha, 
aquel poeta se paraba en la orilla de su orilla,
se dejaba abordar por la vida hasta el incendio 

y trémulo como gallito ciego 
se hundía en el colchón 
o salía a la existencia en dos zapatos, 
tan descalzo como el día que acuchillaba el tiempo 
y que aún lo dejaba respirarse en la extrañeza 
y el asombro de la bruma 
que fuma, fuma y fuma, 
como en los versos de Carriego.

(c) Luciano Ortega

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