La palma de una mano

Hago estallar la brújula y el cuadro, 
el mapa de mis días 
y el relincho feroz de un grito erecto.

Froto la lámpara oxidada 
-esa vieja y cachuza de mi altillo- 

Entonces 
entre humos violetas y naranjas 
un duende se aparece 
y me danza en la palma de una mano. 

Lo miro a los ojos, 
le propongo 
sin-cuenta años 
siempre, 
en cada segundo a la redonda; 
sin-cuenta años ahora, 
aquí 
en el instante que se escapa; 
sin-cuenta… 

Entonces me abrazo fuerte 
a su cuerpo de brumas 
y le digo al oído 
-casi en un susurro de silbos y porfías- 
dame el don de los poetas: 

pintar como Picasso, 
cantar como John Lennon,
bailar como Nijinsky, 
ser el Cachafaz en cada tango; 

le propongo 
la magia del teatro, 
quemarme en los violines, 
latir en los tambores; 

le propongo 
mojar toda la pólvora 
y ser un beso en la boca de la vida 
aquí en la tierra;

le propongo 
utopías 
hechizantes y eróticas. 

Y mientras le propongo 
él se diluye entre mis dedos 
-como el agua y el tiempo-. 

Yo casi lloro en el intento, 
me desangro 
e insisto en el anhelo 
fugaz y recurrente; 

hasta que por fin 

sospecho en nebulosa 
-como un eco 
en el vientre de mi tímpano-

que quizás 
eso ya me pertenece 
y que tal vez 
el uno en todo soy 
mientras sucedo

-a pesar de la nada 
y su gerundio-

(c) Luciano Ortega

30/12/2012

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