Celebrar la creación – En: Suplemento Escenario, Diario Uno

Por: Gisela Emma Saccavino

Los “titiriduendes” Pelusa Oliveras y Luciano Ortega festejan este fin de semana en la sala Ana Frank 35 años junto con sus criaturas.

Seres que habitan el mundo: “Hagamos de nuestro universo un círculo mágico, resignifiquemos la estigmatizada subversión y recuperemos la alegría, eso es un verdadero acto de subversión; la revolución es hoy, dejemos que los ‘ordenadores’ del mundo se refugien en sus adquisiciones y ‘enmaguemos’ cada día nuestra vida dejando que lo fantástico tome por asalto nuestras venas…”. ¡Cuánta hondura, qué placer tener la posibilidad de conocer las ideas cristalizadas en testimonio de vida de Pelusa Oliveras y Luciano Ortega, tal vez los dos “titiriduendes” más queridos de nuestra tierra.

Hace 35 años, este matrimonio titírico-amoroso dio a luz su primera criatura: Había una vez… en el teatro Quintanilla, cual flor que brotó del vil cemento dictatorial. Y este fin de semana, el aventurero dúo llevará su “revolución poética” a la sala Ana Frank, en la que ofrecerán, a las 17, dos funciones de El mágico mundo de los muñecos, obra que contará con una invitada de lujo: la Mona Tota, uno de sus “hijos de trapo” con más historia.

–¿Qué es lo que te ha sostenido en un arte tan antiguo y alejado de lo comercial frente a la hiperestimulación posmoderna?
Luciano Ortega: –El universo tiende a un círculo mágico siempre. Su fuerza siempre va a tender a sostener la poesía, la ceremonia. Y del otro lado hay siete u ocho “ordenadores”, muy hábiles, que justamente ordenan y tratan de aplastarnos, pero si nos afirmamos en nuestra capacidad de crear, es imposible que lo logre. El inconsciente, como dice Jung, es imparable, por eso a lo sumo lo que pueden hacer es aturdirlo. En este sentido hay que ser optimista, porque no hay fuerza ni poder en el mundo que pueda apagar el fuego de lo fantástico.

–¿Qué los lleva a celebrar? 
LO: –Si hay algo testimonial por lo que vale la pena festejar 35 años es el hecho de haber perseverado en un lugar como Mendoza y tener todavía un anhelo que nos motiva a seguir. Más allá de las obras que hayamos hecho, lo valioso pasa por saber que es posible caminar lo fantástico y que no te pueden voltear a no ser que lo hagas vos mismo. No hay excusas, el círculo mágico existe, el universo es un círculo mágico. Y está en lo chiquito, en lo calentito: así como una hormiga lleva su hojita, una gata pare sus hijitos o una rosa se convierte en rosal, los seres humanos estamos para hacer poesía, es decir, para abrigar a un niño, para hacer que la hoguera no se apague. En este mundo nos toca enfrentar muchas injusticias, eso no lo podemos manejar, pero lo que sí podemos manejar… “Son los títeres”, expresa Pelusa. Son estas cosas las que desestabilizan a los “ordenadores”. Ellos tienen la desgracia de que se han negado a sí mismos e

Foto: Diario Uno

l círculo mágico, creo que esa es su peor condena.

–¿Esa magia anida en la capacidad de crear?
LO: –Fernando Pessoa (poeta portugués) dijo: “No basta con vivir, es necesario crear”. Fijate: Mauricio Macri puede tener tal vez todo lo que quiera, pero eso solo es vida. Ahora, hay algo que no pueden hacer los poderosos, que es crear, sacar del cactus una llama fantástica que se convierta en arco iris.

–¿El amor entre vos y Pelusa se gestó también en el seno del arte?
LO: –Nos conocimos a fines del ‘76, un año terrible. Yo venía del mundo de la poesía y el teatro y ella, del de los títeres. Empezamos a juntarnos por los títeres y cuando quisimos acordar descubrimos que había entre nosotros una sintonía muy fuerte. Fue el 28 de diciembre cuando empezamos a mirarnos con otros ojos, o con otros cuerpos (ríe), y tomamos la decisión de ser también pareja en la vida. El 20 de junio del año siguiente nos casamos, sólo para que en nuestras familias no hubiera conflicto, porque en esa época había muchos prejuicios.

Pelusa Oliveras: –Mi mamá me preguntó: “¿De qué trabaja ese hombre? “Es poeta, mamá”, imaginate lo que era procesar eso para una mujer de esa época, o la mamá de Luciano nos preguntaba de qué íbamos a vivir. Y yo le dije: “Si no nos va bien con los títeres, venderemos ballenitas para camisas en San Martín y Las Heras”. Y hoy, gracias a que perseveramos en nuestro sueño de seguir por la vía del arte, tenemos esta casa en la que hemos criado a nuestros hijos e incluso nos hemos dado el lujo de criar una gata (risas).

LO: –Nos casamos entre nosotros y con los títeres. Fue una fusión, un matrimonio en el que se sintetizaba un modo de pararse frente a la vida.

PO: –Creímos que todavía era posible resignificar el olvidado arte de narrar cuentos, así como calzarse un muñeco y “enmagar”, dotar de magia, que no es lo mismo que engañar.

–Como lo ilustra el célebre episodio quijotesco del Retablo del Maese Pedreo…
PO: –¡Claro! Tenemos una anécdota muy parecida: una vez fuimos a hacer función a las Lagunas de Huanacache. Al finalizar se acerca un paisano y nos dice: “¡Ah, sabía que no me iban a engañar, alguien los manejaba!”.

–¿Piensan que existe un teatro para niños?
LO: –Un día le preguntaron al gran maestro Stanislavski, que es como un Freud del teatro, cómo hay que hacer teatro para niños. Él respondió: “Igual que para adultos, sólo que mejor”.

–¿Qué se siente al manipular un títere? ¿Es una prolongación del ser?
LO: –¡Qué buena palabra!, esa es exactamente la respuesta. Muchas veces se acusa a los titiriteros de tímidos o de que se esconden. Siempre salí en defensa de este prejuicio. Así como un músico se prolonga en su guitarra, el titiritero lo hace en el títere. Las manos son dos puertas maravillosas que te regala el universo y se prolongan en el arte. Además, el titiritero es espectador de su propio espectáculo.

PO: –Y esa prolongación cobra vida, porque de pronto te asombrás de lo que el títere hace.

LO: –Ojo, no es esquizofrenia (risas). Es un acto artístico, porque el personaje empieza a hablar por sí mismo. Es una metáfora del hecho de entrar en un trance creativo en el que le permitís a tu yo convertirse en personaje. En esa prolongación aparece la recreación de lo artístico. El títere es un gran aliado porque está inconcluso ex profeso, quien lo completa es el espectador. El arte que se precie de tal tiene que ser inconcluso. Porque la vida es un gerundio permanente. La idea es volver a lo ceremonial, que cada obra nuestra sea una ceremonia subversiva. Es muy importante resignificar esta palabra.

–Tan manoseada por los ordenadores del horror, ¿y cuál es tu propuesta?
LO: –Debemos mantener una subversión permanente. “El arte sin riesgo es mera repetición”, decía Dino Saluzzi y yo agrego: la vida sin riesgo es mera repetición. Hay que subvertir lo cotidiano todo el tiempo. La cuestión pasa por subvertir lo rígido para hacerlo vivir de nuevo.

FUENTE

Saccavino, Gisela Emma. Celebrar la creación. En: Escenario, Diario Uno, 21 de julio de 2012

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