El aprendiz de mago

El aprendiz de mago sabe entre penumbras que el éxito radica en el adecuado manejo de la energía contigua, pero la bruma lo confunde y la incertidumbre lo encandila. Le cuesta ver señales, reconocerlas en el transcurso de lo cotidiano. Tiene herramientas a su disposición, pero no sabe bien que hacer, que camino trazar ante las bifurcaciones, pero sospecha algún augurio oculto, algún canto de pájaro auspiciando en sordina, y comprueba con pánico, que quizás la derrota sólo depende de su propia torpeza y que hacerse cargo del destino que toca sea tal vez la llave que conjure la reja, trocándola en sendero. 
El mago no está para ganar la lucha pronta, torcerle el brazo a los demonios de la inmediatez; el mago encanta a largo plazo, lo suyo es lo mediato y el aprendiz lo sabe de memoria, aunque no lo comprenda todavía, ni lo pueble en su rito con certeza, pero hay sospechas en su intento, en la percepción de cierto espíritu pariente, del viento golpeando la ventana o de esa lluvia empapándole el alma. 
El ánimo del aprendiz está confuso, frente al alambique de su ermita no sabe si es afuera o adentro el compromiso, se llena de preguntas y sospechas, pero esto lo tranquiliza en el misterio de lo vivo, comprueba entonces que no ha envejecido, porque estar viejo comprende tener más respuestas que preguntas. Se siente despegado en entusiasmo, pero vivo, rodeado de fantasmas y misterios, de cierta hechicería que lo embriaga, que envuelve su razón y lo confunde; mas, el tambor del pecho sigue ardiendo y lo conecta, dando pulso y aliento a cada hueso suyo, desnudándole el riesgo hasta la médula. 
El aprendiz no quiere resultados, ni enloquece ante lo incierto, sólo festeja el suceso de hacer fuego en el horno y dejarse fluir por la guarida, no hay intención ni meta, aunque se anude su ombligo en pleno cruce de las avenidas, en el medio mismo de la oferta o ante la sombra de un futuro amenazante. 
El aprendiz pretende detenerse, hacerse cargo del segundo, pero el punto se le escapa como siempre y otra vez se le nubla la mirada y se esfuma el espejo de los muros. 
A pesar de todo, entre tinieblas, él se sabe sentado en la riqueza, en un posible despertar al ánimo, y comprende en nebulosa que todo puede desmayarse para siempre; pero esa tensa cuerda es excitante, es un arco al intento, una flecha punzante que aguarda dispararse. 
Quizás en lo contiguo sea todo –piensa–, y todo es nada y a la vez posible, y hay poros infinitos en la trama y un bullir permanente aquí en lo vivo. 
Entonces, el aprendiz se aquieta y vuelve al rito, a buscar en el caos detenerse en un punto, y cuando todo parecía perdido y difuso, aparece la risa en el instante, el porque sí del juego comprensivo, sin dobleces, sin otra pretensión en el ahora. Y desde el fondo de un pozo hondo se abre una puerta angosta hacia el pasillo que lo traga de pronto, dejándolo parado en el camino, con sombra y con azogue. 

(c) Luciano Ortega

En: La Fogata

luc17

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